Recuerdos rebotan en las paredes de las sedes del rock tapatío (Parte 2)

Por: Alejandra Pedroza Marchena (@Rojajaja), Saúl Prieto Mendoza (@TinoSaul), e Isaack de Loza (Info_isaack)

Los muros del extinto Hard Rock se acostumbraron a la música

Cuando preguntas al guardia de la plaza comercial Centro Magno dónde era el Hard Rock, te apunta con el dedo al interior y te responde “donde está el casino”. Quedan algunas reminiscencias: sigue siendo un espacio de convivencia social, de pocas luces y de consumo de tabaco y alcohol para el que prefiera. Todavía suena rock y suena reggae, pero el fin de la asistencia ya no es escuchar música, ahora es jugar con máquinas o cartas.

Apenas cruzas las puertas de cristal del Royal Yak y un caballero de vestimenta formal te recibe con un discurso de presentación y bienvenida que no le permite tomar aire hasta después de dos minutos de frases.

Él te indica que para jugar hay que comprar boletos en las cajas, que hay un área de fumadores y otra libre de humo, que abajo están las máquinas y en la segunda planta los juegos de cartas y demás; te explica también que antes ese espacio era un foro para conciertos en el que se presentaron bandas locales, nacionales e internacionales como Cuca, Zoé, Café Tacvba, Los Fabulosos Cadillacs y Rammstein.

Foto: Hardrockcafes.com

La antigua fachada del recinto. Foto: Hardrockcafes.com

Según Jaime Gómez Dávalos, gerente del Hard Rock Live durante ocho años, desde su inauguración y hasta 2006, unos años antes de su desaparición, el mejor recuerdo es del concierto de la banda alemán: “Creo que fue el show más representativo por el reto que fue el montar toda la infraestructura del grupo y todo su show de pirotecnia. Pero el resultado fue espectacular”.

El Hard Rock Live se inauguró el 18 y 19 de noviembre de 1998 con dos conciertos de Maná. Ahí uno sabía que iba a escuchar música, te explica con nostalgia el guardia de Centro Magno, el lugar estaba decorado por fotografías de bandas clásicas y se vendían productos relacionados con la industria musical.

El “Grupo Ece”, empresa dedicada a operar restaurantes-bar-tienda y precursora de la línea de Hard Rock, trajo el concepto a la ciudad con apoyo de grupo CIE (OCESA), “el fin fue expandir este movimiento que nos llevó a lo que hoy ya es una costumbre: el ver y escuchar a cualquiera de tus grupos favoritos en tu ciudad”, en palabras de Jaime.

Imagen: Transistor Bulbo

Imagen: Transistor Bulbo

El ex gerente agrega que la estancia del Hard Rock fue un parte aguas al traer shows internacionales: “Donde realmente los tapatíos comenzamos a vivir la diversidad de la música internacional, y no tener que ir a una Plaza de Toros o un estadio, medio adaptado para hacer un espectáculo”.

Para la música tapatía representó un trampolín. El festival Hard Rock Stage descubrió a bandas como Pito Pérez, Machingón, y Plástico.

“Es eso con lo que sueñas cuando te gusta la música. Es una forma de acercarte a tus artistas, ver sus guitarras, tomar fotos; recuerdos de los que se fueron, y para algunos la realidad de subir a un escenario e interpretar su música para la gente. Lo resumo: representa rock and roll”.

Imagen: Transistor Bulbo

Imagen: Transistor Bulbo

Jaime es optimista y ve viable que regrese el concepto de Hard Rock Live, “hace falta ese lugar donde se identifique ese sector del melómano. El músico que busca el lugar en donde expresarse con condiciones técnicas de primera y un aforo fácil de llenar. Tener esa cercanía pero con todo lo que te da un gran espectáculo”.

Siete años después de su desaparición, todavía hay quienes llegan y le preguntan por este foro musical al guardia que vigila la puerta del centro comercial; hubo algo que abonó a que cerrara el Hard Rock: perdió su vocación cuando comenzó a ser espacio de música con giro grupero. En mayo de 2002 se presentó Pancho Barraza. Ya nada fue igual, dice el vigilante.

Entras al casino y ves un escenario como lo hubo en su tiempo en el Hard Rock. Ahora es para shows que se ofrecen para ambientar las noches de juego. Por las mañanas suena música desde las bocinas acomodadas para sonorizar todo el espacio donde caben máximo mil 50 personas. Escuchas que en volumen bajo corre un disco de la agrupación de reggae chilena Gondwana: “Oh no, no, yo no quiero ir a la guerra”. Estos muros desde décadas atrás se acostumbraron a la música.

Imagen: Transistor Bulbo

Imagen: Transistor Bulbo

Del clima cultural de Puerta 22 al ambiente fiestero de Club Americana

Gustavo Cerati llegó ahí una noche a seguir la juerga. Fito Páez también aprovechó ese lugar para salir de fiesta y, de paso, echar un palomazo. El sueco José González estuvo ahí, pero sobre el escenario en un concierto dirigido al público tapatío del 2007.

La casa de la que sobresale una terraza, a la mitad de la cuadra de Lerdo de Tejada entre Simón Bolívar y General San Martín, ha sonado a tantos estilos musicales como los giros que ha albergado.

Actualmente pide volver al perfil de bar, recientemente dejó la rutina restaurantera y pasó por ciclos de fiesta y vida cultural; todavía hay quienes se acuerdan cuando era la Puerta 22 y recibía en Guadalajara alternativas artísticas que posiblemente nunca pisarían la ciudad.

“Éramos un foro abierto a cualquier expresión: histriónica, pictórica, de cualquier índole. Tuvimos obras de teatro, recitales, sesiones de fotografía, de pintura, de escultura, de música”, relata Pascual, encargado del lugar.

Fue un espacio semillero; en su escenario, abierto de 2002 a 2008, desfilaron bandas locales como Porter, Troker, y apuestas extranjeras como los españoles de La Habitación Roja.

El músico tapatío Andrés Haro, miembro fundador de la banda El Personal, recuerda de Puerta 22, cuando tocó con su agrupación 7K: lo apacible que era el sitio, con armonía en sus espacios y bondad para sonorizar.

Llegó el día en que los clientes de Puerta 22 pedían más fiesta, y en ese mismo espacio se les dio. Los espectadores llegaban al espectáculo cultural y cuando terminaba, se iban; en ese foro no veían oportunidad de ampliar su rato de convivencia, y fue así que el 8 de agosto de 2008 se reestrenó el sitio, con un giro de bar y con el nuevo nombre de Club Americana.

En Club Americana se escuchaba rock, electrónica, indie. Era un punto de confluencia de habitantes de los alrededores, describe Pascual, es por ello que en las noches se volvía “un folclor cultural de gente”.

Pero llegó “Sofía”, y Club Americana tuvo que decir adiós. Bajo un concepto de comida urbana, en la que se enaltecía a la gastronomía mexicana, el espacio se adecuó para Sofía, un restaurante abierto mañanas y tardes; pero para ello el sector estaba más competido y costó trabajo perpetuar la clientela.

La semana pasada Sofía dio otro salto y volvió al pasado concepto de bar. De hecho, se proyecta que sea un sitio abierto para disfrutar la tarde en la terraza, con opción a comida, acompañado de una tienda de alimentos con el concepto deli; para en las noches sacar los ánimos de bar, dirigido a adultos contemporáneos de entre 25 y 40 años, con una atmósfera que propicia plática amenizada por blues, rock e indie, y baile cuando el swing o el merengue lo ameriten.

Hasta hace unos años tuvo la presencia de, por ejemplo, José González.

José González en Guadalajara 1 Junio 2007… por 123pormi

Las vías, un foro alterno que regresará para los oídos de rockeros tapatíos

Las Vías, es un foro lleno de recuerdos que hoy luce desvalido. Un espacio musical que entre los años de 1995 y 2005 atestiguó centenares de conciertos de rock, con una fórmula netamente urbana, alejada de flashes, cámaras, estrellas y glamour, y por demás cercana a “la raza” contestataria de “Guanatos”.

Es el mítico espacio conocido como “Las Vías” —o “Las Bíazz”— que se encuentra sobre la Avenida Inglaterra, a escasos metros del paso de trenes, un lugar que hoy es custodiado por migrantes que aguardan su turno para avanzar hacia su sueño americano.

Un letrero en su exterior: “Rento bodega”, y un número que se lee después. En la fachada hay varios colchones gastados, y otros tantos restos de muebles de sala que, se deduce, aguardan por el siguiente paso del camión de la basura. Nadie afuera; ruido en su interior. La portezuela de acceso se abre y dos jóvenes salen del lugar.

Atrás de ellos está María Esther Ortega Marmolejo, propietaria del espacio dedicado a la música que cientos de jóvenes, ahora quizás convertidos en padres, recuerdan con nostalgia. Accede al diálogo y explica por qué el movimiento al interior de “Las Vías”.

“Aquí siempre ha sido un lugar dedicado a los conciertos; desde el 2005 para acá hemos tenido tiempo parados por problemas con los permisos (con el Ayuntamiento), que eran un poco difíciles, pero sí queremos volver a promover el lugar, porque sí, mucha gente añora los buenos recuerdos”.

El espacio, asegura la dama, no ha muerto a totalidad, pues “hace poco” un grupo de música de la década de los 70 se presentó en el lugar, y su sonido retro logró acercar a 400 personas.

Antes un referente de la música en la metrópoli; hoy una casona con sólo tarimas y un amplio patio desierto en su interior. Pero “Las Vías” promete un retorno triunfal, y de acuerdo con su propietaria, su segundo aire será un hecho antes de octubre próximo.

Los permisos, el principal obstáculo que mostró el Ayuntamiento tapatío hace años, aparentemente están por liberarse; la inversión al lugar para remodelarlo y que nuevamente pueda erigirse como un espacio referente en la música urbana de la ciudad, ha iniciado.

La Peña Cuicacalli no está deshabitada

¿Dónde habrán estado los equipales para los espectadores de los conciertos? Probablemente en el mismo cuadro donde duermen los dos matrimonios jóvenes, esas son las condiciones del Peña Cuicacalli. Antes dormían afuera, en el suelo del pórtico, característico de las casas con influencia europea del poniente de la ciudad, pero el agua los espantó.

Hace cuatro meses se alejaron de sus familias, en la colonia Las Juntas, para evitar más conflictos de los que había. Una de las mujeres tiene problemas en el corazón y podría haber sido peor seguir en casa. Pasaron por el número 1988 de la Avenida Niños Héroes, vieron que estaba abandonada la finca, que era fácil pasar el alambrado, donde hay letrero del Ayuntamiento tapatío que advierte: “Predio en proceso administrativo de ejecución”, y se instalaron a vivir. Comen del Oxxo que está a una cuadra y se dedican a juntar chatarra de la basura para venderla.

Nunca nadie los ha molestado. Los ahora habitantes de la Peña Cuicacalli no sabían del pasado de ese espacio, pero ahora entienden los pósteres y pinturas que se alcanzan a ver en las paredes, y algunos materiales de música como casetes o cables.

El dueño o dueña de la Peña Cuicacalli tampoco se ha presentado. Mientras tanto, las dos parejas tienen techo para dormir durante las lluvias, pasillos para guardar sus pertenencias y la chatarra que venden, y unas escaleras en la fachada que la hacen de asientos de comedor; ya juntan leña para cocinar: ¡Qué ganas de unos frijolitos cocidos en fogata! Ahí en el pórtico donde se hacían las filas para entrar a los conciertos alternativos de la Guadalajara de los 70, 80 y 90.

Se nota al mirar desde la banqueta: en lo que queda de sus escaleras de fachada, hay montones de ropa regada y artículos de uso personal. Las pertenencias no son viejas. Quien ronda la finca gusta de refresco en botella desechable y sopa instantánea; hay puños de basura revueltos entre las prendas. En las ruinas del foro de la Peña Cuicacalli, que entre los 70 y los 90 sirvió de plataforma para variedad de músicos como El Personal, Virulo y Pito Pérez.

Las paredes azul con detalles color marrón están descoloridas. De un muro rasgado salen cables rotos, que entonan con el estado en ruinas del interior de la finca. Adentro son montañas de escombro que ya no permiten distinguir dónde era el escenario que se prestaba para grupos emergentes de jazz, trova y rock, y que incluso, la hacía de estudio para que el mismo concierto se grabara en disco.

Así se rockeaba en el Peña

Los tapatíos cambian y el Bananas Café se adapta

Abrió sus puertas en 1983 y fue escenario de las bandas del emergente rock tapatío de entonces. Aunque en las mismas instalaciones y los mismos administradores del Bananas Café le han dado giros sutiles a su concepto durante 30 años.

En sus espacios resonó la música de La Dosis, y su vocalista Sara Valenzuela como solista, Maná –cuando se llamaban Green Hat-, y Grandmama. Inició con una atmósfera playera y con el rock como vocación. La clientela fue variando, las ofertas musicales y de entretenimiento en Guadalajara se diversificaron y el Bananas se adaptó a la evolución.

“Poco a poco, al paso del tiempo hemos ido puliendo porque ya no podemos ser 100% roqueros, tenemos que irnos metiendo a lo nuevo: un soul, un poco de reggae, música del momento; también la gente ha cambiado y tenemos que estar “in”. Nos metimos en ese mercado y nos ha funcionado bien”, platica Enrique Meza, administrador del lugar.

Ahora, Bananas tiene espacios de música en vivo los miércoles y el fin de semana. Por lo abarrotado se deja música variada, aunque el corazón rockero siempre persistirá, expresa Meza.

Rock y Blues desde 1988 en el Barba Negra

“No es bar, es taberna”, aclara Álvaro Díaz, encargado del lugar. Es un sitio para beber y escuchar música. Desde su comienzo se planteó el impulso del blues y el rock, con bandas que estuvieron en el legendario Festival de Avándaro, como Fachada de Piedra, que es la agrupación de casa.

La Revolución de Emiliano Zapata es otra agrupación icónica en el rock tapatío que ha desfilado en el foro del Barba Negra. La diferencia de este sitio es su entrega al culto a la música; asisten degustadores de lo clásico en ese rubro musical, explica Díaz. Los hacedores de la historia cuentas sus vivencias en los foros.

Vea, lea y participe aquí en la parte 1

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