El bicentenario se festeja en la banqueta de la embajada de México en España

Por: Alejandra Pedroza Marchena

La bandera cubre su espalda. No precisamente del frío, pues esta noche se ha escondido en Madrid. Las telas tricolor cobijan más bien un sentimiento de orgullo  y esa necesidad extranjera que quiere demostrar al mundo la identidad mexicana.

Caminan con matracas y bullicios, adelante hay quienes animan con porras u organizan otra canción que los dé a notar. Quizá más de uno en su casa jamás ha sintonizado alguna canción del estilo ó en México asegura no ser aficionado a este tipo de música, pero acá, del otro lado del océano, el mariachi, el ranchero, el norteño, la banda y otros son los símbolos musicales de los que hasta el mexicano más selecto, a la hora del festejo, se siente emocionado.

Festejando sin grito de una voz oficial. Foto: Alejandra Pedroza Marchena

El escudo baila con el viento colgado desde la espalda del patriota, otros paisanos intuyen desde lejos la picardía nacional y se unen al desfile informal que impone atención en las calles del centro de Madrid. ¿El destino? La embajada de México en España. El punto de reunión por excelencia para los paisanos que la noche del 15 de septiembre tienen la intención de recordar  en territorio de españoles, cuando sus ascendientes comenzaron la lucha para independizarse, precisamente, de ellos.

Las puertas de la embajada cerradas.  Mexicanos de edades distintas y de igual forma de vestir. Por allá unos zapatos de tacón alto, acá unos huaraches cafés, por allá una playera marca Hugo Boss, y por aquí el pantalón del tianguis de La Lagunilla.

Ahora no importa cuántos salarios mínimos se ganan, la marca de las ropas, ó en qué estado se nació, ahora en la mente está la idea de unión por llamarse mexicanos.

Los caminantes de la caravana se dispersan entre los que están en la embajada timbrando. Nadie abre y las explicaciones hacen falta. Comienzan las hipótesis en la mente de los fiesteros:

-Quizá ni iba a haber nada

-No hombre, cómo crees que nada en el bicentenario

-Yo creo que fue en la residencia del embajador, algo así escuché.

Esperando en la puerta de la embajada Foto: Juan Rocha

Y la última de las suposiciones resulta acertar. La ceremonia conmemorativa de los dos cientos años de la rebelión había sido en casa del embajador de México en España Jorge Zermeño Infante,  para la cual se necesitaba invitación previa.

La indignación reluce entre los mexicanos que esperan en las faldas de los tres pisos del edificio que se impone ante la calle Carrera de San Jerónimo. Entre ellos, una mujer de nombre Miriam Becerra Acosta toma su celular y teclea a la residencia sede de la fiesta.  Se escuchan sus argumentos que con apoyo del resto piden que se les oriente para hacer algo con su noche.

-¡Qué pasen por nosotros!

-¡Queremos otro grito!

Se escucha que le pasan la bocina de persona en persona. Miriam da la explicación en más de una dos ocasiones.

Foto: Alejandra Pedroza Marchena

-Estamos aquí muchos mexicanos, estamos esperando una fiesta, un grito o algo. La fiesta es de los mexicanos, y el pueblo aquí está. Díganos qué hacer.

Resulta ser que desde hace un mes se había pedido un registro a todo aquel que quisiera asistir a la fiesta y eso podría ser sólo con una invitación.

-¡Y los que apenas llegamos ahora y que no nos pudimos registrar!-

Se escuchaba entre la bola

-Yo mandé un correo y nunca me respondieron-  replicó un hombre.

La bandera que en su momento cobijó la emoción de un grito mexicano en Madrid, ahora es la protagonista del hecho. Se alza el escudo y en el aire, los mexicanos que no fuero invitados a la residencia del embajador no se quedaron sin festejo.

Se le concede a Miriam Becerra Acosta la facultad de dar el grito de la Independencia y de manera extraoficial se festeja a las afueras de la embajada. El pueblo se representa a sí mismo, alza la voz y celebra.

Luego de aplausos y matracas se organizan para seguir celebrando. El sitio ideal es un bar mexicano llamado “El chaparrito”.

Foto: Juan Rocha

En caravana ahora con más mexicanos, dos jóvenes peruanas y un español, quien sirve como guía, todos caminan ahora proclamando a gritos entonados el nombre del bar.

Unos se habían ido desde que no vieron algún evento claro. Otros se pierden en el desfile. Muchos más se unen a lo largo de la noche y del embajador Jorge Zermeño Infante,  no se tuvieron noticias.

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