Los nómadas del hartazgo. La vida sobre el ferrocarril: Crónica de los que se van

Por: Saúl Justino Prieto Mendoza y Rubén C. Díaz Ramírez  

Iban pal norte, porque en el sur el hambre les estaba comiendo la vida. Aunque podrían morirse en el camino volaban sobre el ferrocarril hacia la jaula de oro.  

Cada año miles de personas salen de su lugar de origen arriesgando su vida por tratar de mejorarla; entre rieles, vías, vagones, ruedas metálicas, policías, zetas y maras.  

Son conocidos como trampas¸ en cambio la Ley General de Población en México define en su artículo 161 que “La internación de extranjeros y extranjeras en tránsito hacia otro país” se le llama transmigración. Sin embargo, el permiso de internarse en el país debe ser autorizado por la Secretaría de Gobernación. Los trampas carecen de ese permiso por lo que son transmigrantes indocumentados.  

El año pasado 67 282 extranjeros se alojaron en las 48 estaciones migratorias de los cuales más del 90% son centroamericanos,  según datos del Boletín mensual de estadísticas 2009 del Instituto Nacional de Migración (INM). El “alojamiento” implica la detención del transmigrante que “carezca de permiso de admisión al país hacia donde se dirige”. Como está establecido en la Ley General de Población.  

Por consiguiente serán enviados a su país. Según el INM, de los casi 67 mil inmigrantes alojados, 63 324 fueron expulsados del país, el 95% de éstos radican en Centroamérica.  

Vías de entrada de los transmigrantes centroamericanos. Imagen: ferrosur.com.mx

 

El Rulis  

Cada palabra que sale de su boca es lenta, le dice “adiós” aunque sabe bien que su madre ya no le escucha, los años. Sale de su  bohío  de madera y de golpe siente un poco de frescor, es de mañana en plena primavera, es marzo. Él como muchos, parte ese mes desde Guatemala. Según el Boletín mensual de estadísticas migratorias del INM en marzo de 2010 entraron al país 12,999 transmigrantes,  el Rulis entre ellos.  

 El Grupo de Perspectivas de Desarrollo del Banco Mundial indica que 23,391 millones de dólares del 2003 a enero de 2010  son enviados como remesas a Guatemala, Rulis va con esa intención, mantener a su madre y a él mismo, su única familia.  

Desde Ciudad Hidalgo en Guatemala podría subir al tren, pero es difícil pasar la frontera en ese medio, prefiere  caminar hasta llegar a la frontera con el  Naranjo, Chiapas. Existe servicio de polleros pero prefiere ir solo.  

Sin embargo una vez en la frontera con México, y aún en su país, entre los pastizales se encontró con seis o siete personas más, niños y adultos, mujeres y hombres. Aunque la mayoría de los transmigrantes entrantes en ese marzo fueron adultos (6,850), también pasaron hacia Chiapas 406 menores de 18 años, 306 hombres y 100 mujeres, de los cuales 13 no iban acompañados.  

Pronto el Rulis estuvo en el estado de Chiapas, se dio cuenta que su gorra naranja fosforescente y su camisa roja no le favorecían  en medio de aquel verdor de selva. A pesar de ser fornido, no era alto, medía un metro y sesenta. Su piel morena se perdía por los matorrales. Por fin pudo burlar a los agentes de migración y llegó junto a las vías del ferrocarril, que no son resguardadas por alguna autoridad gubernamental. Esto se explica en el Reglamento de Servicio Ferroviario que responsabiliza de la seguridad a las empresas ferrocarrileras y en numerosos casos los guardias permiten el abordaje de los trampas¸ hacen caso omiso de su competencia. Por eso es que los trenes son abordados por miles de transmigrantes indocumentados que prefieren viajar al margen de cualquier ley que bajo la legislación mexicana.  

Paso de las vías por la Zona Occidente del país. Imagen: ferromex.com.mx

 

La máquina de acero se acercaba estruendosa. Tiembla la tierra, se sacude, de pronto vibra con poder, y Rulis acompasa los latidos de su corazón con el ruido chillón de los vagones de metal. Como por generación espontanea, de los lados de la vía aparecen un sinfín de personas que corren buscando las escaleras de algún vagón para subir. Rulis se reprocha no haber ido hasta la estación de Tapachula, ahora ya no hay tiempo para vacilar. A la una corre tras las escaleras; a las dos, ¡alcánzalas! , estorba el sudor pero la gorra naranja ayuda a retenerlo. Un brinco. Está sobre la bestia…  

Este texto continúa aquí:  https://tiemposdeenfoque.wordpress.com/2010/06/27/los-nomadas-del-hartazgo-la-vida-sobre-el-ferrocarril-cronica-de-los-que-se-van-2/

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