De todos y de nadie

Por: Alejandra Pedroza Marchena

Parque Morelos. Foto: Alejandra Pedroza Marchena

A causa de la contaminación auditiva en los jardines de los alrededores, parejas y familias se ven obligadas a subir el volumen de sus conversaciones, mientras que hombres leyendo el periódico expresan gestos de enfado por la interferencia; un lunes a las 2:05 PM, hora pico en que los conductores de carros y autobuses compiten para ganar ventaja en los carriles,  sobre la periferia del Parque Morelos.

Una de las pocas áreas verdes del centro de Guadalajara, este parque anteriormente conocido como La Alameda, era la floresta más grande en la ciudad, desde la época colonial fungía como centro de reunión para tapatíos y foráneos que andaban sobre sus caminos bordeados de árboles frondosos, hierbas medicinales y rosas.

Sobre la antigua Alameda, según expresa Miguel Galindo Gaitán en su obra “Estampas de Guadalajara”, se instalaban mujeres con mesas donde vendían la clásica bebida tepache, así como los llamados “evangelistas”, personas que sabían leer y escribir, ofreciendo sus servicios de lectura y redacción que iban desde contratos de negocios hasta cartas de amor, en épocas en que gran parte de los mexicanos eran analfabetas.

Foto: Juan Rocha

Ahora, el verde hace presencia irregular en algunos de sus terrenos, en aquellas planicies de césped que se han salvado del deterioro, mientras que los pájaros se hacen sonar cuando los ruidos urbanos lo permiten.

En el actual Parque Morelos, hombres con un paño en mano y ropa poco aseada, se desplazan de un extremo a otro sobre San Diego, una de las calles limitantes del sitio. Chiflan procurando acaparar la atención de los automovilistas que buscan estacionamiento, alzan su mano y emprenden la esencia de su trabajo: “Viene, viene, viene… ahí estuvo buena… sale, sale”.

Rogelio Ordaz López tiene su negocio “Taquería Cuatro Vientos” en la banqueta de Dr. Baeza Alzaga, otra de las calles limítrofes, en la cual abundan este tipo de establecimientos que funcionan como proveedores de alimentos, principalmente, para los usuarios y empleados de las instituciones cercanas Cruz Roja y Secretaría de Salud, además de visitantes del parque, así lo afirma Rogelio.

Una de las laterales del parque es la calle Juan Manuel, donde comparten el territorio: un restaurante de una cadena norteamericana, un bar que aparenta poco prestigio y establecimientos de típica nieve raspada. Jesús Mora López, dueño de la “Nevería Jalisco” platica acerca del comienzo de esta tradición: “Anteriormente estaba la nevería de “los negritos” que era en elcentro del parque, de inicio cuando todavía no había vasos, las servían en la mano”.

Monumento a Morelos. Foto: Juan Rocha

La Calzada Independencia contornea el otro lado del lugar, sobre ésta se escuchan pasos lentos de personas, algunas giran el rostro para mirar a la orilla del parque a José María Morelos, en un monumento realizado por el escultor Miguel Miramontes,  que según Guillermo García Oropeza en su libro “Guadalajara, su plazas, parques y jardines”, para 1980 ya ocupaba este sitio; muchos otros peatones indiferentes, siguen a paso rápido.

Más adentro del jardín se localiza la zona de juegos para niños, en donde tres adultos conversan sentados. En el trío se encuentra la dueña del carrusel y responde al nombre de Blanca Elvira Encarnación. “Todos los parques tienen problemas, porque son un lugar que es de todos y de nadie, por eso aquí se necesita vigilancia (…) esto es lo que depura la delincuencia, los juegos mecánicos, la diversión sana”, anuncia la mujer a sus acompañantes, quienes reafirman con un signo de “sí” en el movimiento de sus cabezas.

Los dos hombres rodean en cada costado a Blanca, quien expresa su malestar ante las autoridades que pretendían ofrecerle cien mil pesos a cambio de que retire su negocio infantil que data de hace 40 años. Los acompañantes responden argumentando la satisfacción que sienten de saber que se cancela la construcción de las Villas Panamericanas en su vecindario, cuando el 8 de septiembre del 2009, se dio a conocer que la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA) resolvió que era inviable el Parque Morelos como sede.

Blanca Elvira es dueña de los juegos mecánicos Foto: Juan Rocha

Al paso de una hora el tráfico y sus ruidos se tranquilizan. El canto de los pájaros que habitan el lugar es ahora la escena musical del ambiente.

En el centro del área un kiosco traído de la plaza de Armas en 1907, vacío, ausente de murmuros o risas de personas que hagan uso de él. Sin embargo, a sus alrededores, transitan hombres solos que oscilan entre edad joven y avanzada. Se sientan en las bancas, generalmente acaparando una por individuo, miran a su alrededor, como queriendo encontrar a alguien.

El sonido de tacones es común en los caminos y sobre todo en la calzada interna del parque,  que fue construida en 1967 homenajeando en sus pilares a los héroes de la independencia, donde salen a relucir mujeres de maquillaje pronunciado, ropa entallada, escotes en el pecho y una bolsa sobre el hombro.

Le dan vueltas a la zona lentamente, toman asiento en las bancas, observan el panorama con detenimiento, como queriendo ser encontradas. “Nosotras damos el primer paso porque llegamos aquí, ellos llegan y nos preguntan cuánto cobramos, y ya, al cuarto”, explica una joven de 22 años trabajadora sexual del Morelos, “…y lo típico: mi mujer no me quiere, tengo problemas. Eres parte de su vida”  sentencia entre sonrisas la muchacha.

Foto: Alejandra Pedroza

Faltan 10 minutos para las 4 PM, se reanudan los sonidos fuertes, al ritmo de una canción de género banda que proviene de una rockola dentro de la nevería interior del parque. Ese es ahora el fondo musical en el entorno, que en la época en que fuera la antigua Alameda, las melodías del ambiente estaban a cargo de bandas que tocaban en vivo desde el kiosco.

Si el Parque Morelos hablara, daría cuenta de historias de sujetos que han pisando sus tierras desde la colonia, cuando el propósito principal eran paseos dominicales y convivencia familiar; pasando por la década de los ochentas, época en que aún se reunía la gente en la zona para disfrutar de los raspados, los elotes cocidos, o las conquistas y noviazgos; hasta la actualidad, en que día a día se entrelazan historias de amor, juegos, llantos, comidas, sexo, dinero, sonrisas y más.

Pese a que los guardabosques de la policía de Guadalajara admiten inspeccionar por parejas diariamente el territorio, la actual Alameda se caracteriza por la poca vigilancia y mantenimiento que se le ha dado los últimos años, situación que no obstruye la interacción de personas de diversas edades, intereses, estratos sociales, quienes experimentan sus propias emociones dentro del terreno, con sentimientos en común: la satisfacción de que las autoridades han optado por no realizar ahí el proyecto Alameda, respetando su zona de esparcimiento, y a su vez, la incertidumbre de no saber qué pasará con la remodelación y el sostenimiento de este espacio público.

Usuario del parque Foto: Juan Rocha

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