¿Y el partido?

Por: Saúl Justino Prieto Mendoza

Foto: Internet

Vacaciones normales, simples, monótonas; en serio necesito un trabajo… Pero no, prefiero ver futbol. Es viernes, los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara, equipo de la Liga de Ascenso (segunda en orden descendente), juegan contra el Club Irapuato. Estoy en las afueras del Estadio Jalisco, me dirijo a la puerta once, sin embargo detiene mi andar una reja color negro; sólo puedo pasar a través de una abertura de alrededor de un metro. El requisito es que un policía pase sus manos por mi cuerpo buscando lo prohibido. – Venga para acá – me dice uno de ellos. Obedezco – Suba las manos –  Acato la orden, y quedo a merced del poli. Sus manos recorren de mis tobillos hasta el tórax, pero no le parece suficiente y vuelve a bajar tomando suavemente mis bolsillos del pantalón. Después me retiro de la zona, sin que me lo haya ordenado.

A continuación de la desagradable anécdota, ingreso al estadio. Estamos en la zona baja frente a las bancas de los jugadores suplentes. El partido ha iniciado. – Ya viste a ese negro. Juega bien – Comento a mi familiar.

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El partido no es interesante, prueba de ello es la atención de parte del público y mía hacía una mujer con suéter oscuro y jeans azules que camina entre la tribuna. – ¡Vuelta, vuelta! – gritan efusivamente la mayoría de las personas por el camino de la incomoda mujer custodiada por varios policías que hablan con ella. Los gritos no parecen importarle a la damisela, busca algo o alguien en la parte de arriba de las gradas. Al final no hace caso a la petición, provocando que el bullicio petitorio ahora sea grosero: silbidos, señas y gritos injuriosos rodean a la inocente dama que, igualmente, los ignora.

¿Y el juego? Al término del primer tiempo sigue 0 a 0. Los quince minutos del descanso para los jugadores, son aprovechados por el público que se levanta tímidamente de sus asientos, pero permanece cerca de ahí. Posterior al tiempo indicado los jugadores y árbitros regresan al campo de juego. Pasan diez minutos y reaparece la misma mujer caminando por la zona en la que estamos sentados. Ahora lo hace sin portar suéter, revelando así una blusa negra escotada que deja ver parte de sus apretados senos. – ¡Que brinque! –  es ahora la impertinente petición, sin embargo no recibe respuesta alguna.

Pasan los minutos y el ambiente parece el mismo: un aburrido partido contrastado con el público que se divierte consigo mismo.

Súbitamente, como una chispa que provoca el fuego en la madera, un pénalti marcado por el árbitro central, enciende el fervor en el público. ¡U de G! ¡U de G! se grita múltiples ocasiones. – Ande lo va a tirar el negro – digo sin receptor claro. Eternos segundos pasan desde que el jugador de los Leones Negros con el número diez coloca el balón en el manchón penal, hasta que el arbitro indica con el sonido de su silbato el momento de ejecutar el tiro. Ahora el hombre corre hacia el balón, apoya su pie derecho a lado del esférico y lo golpea con el izquierdo. El balón sigue una trayectoria ascendente supera la altura del travesaño y acaba en la parte de atrás. ¡Pendejo! ¡Pinche negro! ¡No mames hasta yo la meto! Decían los aficionados enfurecidos. Y así, durante el resto del partido, cada vez que Joshua Boateng, tirador del penal fallado, se acercaba o tocaba el balón,  recibía el abucheo de parte de los asistentes, además de ofensas discriminatorias y raciales por el pigmento de su piel, simulando el aullido de un mono. A lo que mi prima responde – Te hablan los güeritos.

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La anécdota me hizo recordar, hechos similares que han sucedido en Europa. El club Juventus de Italia fue sancionado con multas monetarias y con la prohibición del ingreso del público a su estadio durante un partido de la Serie A, debido a ofensas racistas hacia el jugador del Internazionale Mario Balotelli. Similarmente en España se dieron casos contra los jugadores africanos Samuel Eto´o y Kameni, del Barcelona y Espanyol respectivamente.

Marvin Harris, teórico antropológico, señala que las razas no existen. Son creaciones de las clases elitistas para estratificar la sociedad.

En Europa se sanciona ¿Y en México?

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